martes, 13 de abril de 2010

No tengo palabras

Hoy me encontraba pletórico. Ha sido una jornada de reencuentro con las amistades salmantinas y todo el día estaba saliendo a pedir de rosas. Ambiente más que propicio para añadir una nueva entrada, podría pensarse sin miedo al error. Empero, los caminos de la vida no siempre siguen el curso que se espera; de vez en cuando te topas de cara con un lóbrego, hediondo, nauseabundo y pútrido pantano que te quita las ganas de realizar cualquier cosa productiva.

En este caso, me refiero a este video:



No tengo ganas -ni léxico- suficientes para criticar esto.

Que llegue pronto el 2012, por piedad.

lunes, 5 de abril de 2010

Bodrios tridimensionales

Hoy me viene al pelo iniciar la entrada publicitando la página de una amiga mía: El efecto Kulechov. Se trata de un Tumblr bastante surrealista especializado en arte del siglo XX y en cosas que ver o leer cuando has bebido absenta, lo que resulta francamente interesante. El nombre de la página se debe, como podemos leer en ella, a un cineasta soviético que proponía un experimento curioso: colocaba en un mismo plano a un famoso actor junto con tres imágenes totalmente diferentes (un plato de sopa, una niña muerta y una mujer atractiva) y pedía a sus alumnos que definieran la sensación que les provocaba el rostro del hombre. Gracias a ello, Lev Kulechov (o Kuleshov) demostró que el efecto que causaba un plano era totalmente dependiente de aquello que le rodeaba.

Y digo que hoy me viene al pelo hablar del susodicho efecto porque he descubierto que experimento algo similar cada mañana. Y es que, al despertarme, unas de mis primeras acciones suelen ser encender el ordenador, darle a mi lista de reproducción en aleatorio y echarle un ojo a la prensa en la red. Y permitidme aseguraros algo: no es lo mismo observar el mundo mientras se escucha With a Little Help of my Friends que hacerlo a la vez que suena Painkiller; al fin y al cabo, en esta vida todo depende del tono del riff con el que se vea. Así pues, hay mañanas en las que uno desea aportar algo positivo a este mundo tan jodido, de la misma forma que en otras tan sólo me apetece observar un bombardeo de NAPALM sobre el parlamento, las cortes, la cámara alta, la baja y la bendita madre democracia que las engendró. El caso es que algo similar, aunque a menor escala, me ha sucedido no hace ni diez minutos cuando, siguiendo mi ritual matutino, me he topado con 3 anuncios de la recién estrenada película “Furia de Titanes” antes siquiera de llegar a leer el primer titular en una página. Todos, por supuesto, aderezados por la frase que torna cualquier bodrio en la película más atractiva: “Ahora en ¡¡3D!!”. Quiso la providencia, el destino, el hado o la mismísima casualidad que en ese mismo momento estuviera sonando Fucking Hostile, de Pantera; de este modo, lo que pudo ser una mínima molestia se transformó inmediatamente en un monumental cabreo, cuya panacea no podía ser sino escribir aquí mi opinión al respecto.

Y no me refiero a opinar acerca del hecho de publicitar hasta la extenuación películas comerciales que, como cualquier homínido puede adivinar a los dos segundos de ver el trailer, son una auténtica hez –esto se lleva haciendo desde hace eones-. Me refiero a esta nueva tendencia de hacer cualquier maldita película que se saque en 3D y anunciarla a bombo y platillo. Esto no sólo provoca que ir al cine resulte más caro que nunca, sino que, tristemente, atrae a millones de personas en todo el mundo a comprar la dichosa entradita de 9 euros para disfrutar del supuesto espectáculo visual. De este modo, Furia de Titanes –que ni siquiera fue creada para 3D, es una simple adaptación- ya es líder en taquilla; como se puede ver, un argumento pésimo (griegos con pezoneras luchando contra escorpiones gigantes, fascinante) y un reparto bastante pobre no son razones de peso contra el omnipresente poder del letrerito de “3D” en el cartel, el cual actúa como una luz fastuosa frente a las polillas humanas que son el público actual, atrayéndolas hacia su propia muerte (o, más bien, la muerte de su economía).

Os contaré un secreto, magnates de Hollywood, la única diferencia entre una mierda a secas y una mierda en 3D es que a esta última se le puede apreciar con mucho más lujo de detalles y matices su hedionda naturaleza. Tenía el barrunto al leer el triunfo de este zurrullo en cuestión de que enseguida se iban a crear un gran número de adaptaciones de películas que planeaban salir únicamente en formato normal a 3D, y no me equivocaba: casi dos decenas anunciadas. Y todo esto siendo que la mitad de los cines –y hablo de los de países muy desarrollados- ni siquiera han equipado sus salas con la nueva tecnología. ¿Podéis imaginar la locura tridimensional que se avecina sobre nosotros cuando ya no existan cines sin este tipo de exhibición?

Todo esto sucede por el tirón de Avatar –el mismo protagonista de Furia de Titanes es Sam Worthington, ya ni disimulan- del mismo modo que con el auge de los efectos especiales en los 90 surgieron miles de películas cutres con gran variedad de explosiones y tíos saltando con cuerdas que no se veían; la diferencia es que entonces… ¡no cobraban más por ellas! Para la mayoría del público cineasta actual, Avatar ha sido su primera película en 3D, con el consecuente flipe generalizado acerca de las posibilidades que aporta esta nueva tecnología. No fue ese mi caso. Por fortuna o por desgracia, la primera película en 3D que yo tuve el dudoso lujo de observar hace ya año y medio fue una monumental bazofia: Viaje al Centro de la Tierra, con el horripilante Brendan Fraser como protagonista y un guión cuya originalidad podría ser superada por un ficus. Esta prematura incursión en el cine de gafas horrendas me mostró una de las peores caras de esta reciente tecnología: la capacidad de camuflar gargantuescos bodrios y exorbitados precios mediante caritas guapas en alta definición y puñetazos que parecen más realistas.

Al final es lo de siempre: mucho ruido y pocas nueces; o lo que es lo mismo: muchos efectos visuales y poca calidad cinematográfica. Espero no ser tildado de neófobo por estas declaraciones. No os equivoquéis: no estoy en contra de las nuevas tecnologías, estoy a favor de que sean utilizadas para mejorar más si cabe el cine de calidad, y no como un triste sucedáneo que disimule un guión y una interpretación mediocres o penosas. Siguiendo –y finalizando- con los refranes, por ahora me resultaría correcto hacer un corte bastante sencillo: zapatero a tus zapatos, es decir, las películas que sean creadas específicamente para ser representadas en 3D, que tiren para adelante con su apuesta; las adaptaciones cutres con espadas y tetas saliendo de la pantalla sin sentido alguno, por otra parte, pueden irse con cierzo fresco.